“Cuando no podemos cambiar una situación, el reto está en cambiarnos a nosotros mismos”

VICTOR FRANKL, “EL HOMBRE EN BUSCA DE SENTIDO”

Si me lo permitís, empiezo con una introducción algo personal (saltar introd. personal).

Yo crecí en la isla del volcán Echeide

Yo en la arena de Tenerife

o, como lo conocen hoy, El Teide, el pico más alto de España: los aborígenes de Canarias, los guanches, le ponían el sonido “ch” a todo. Allí mis padres, ambos migrantes de Chile, compraron un terreno, en la alta montaña, donde crearon un hogar con sus propias manos en medio de la naturaleza salvaje…

Y allí crecimos mi hermana, mi hermano y yo, la más pequeña de los tres. Tenerife es una isla tranquila, montañosa, con gente cercana que te dice “mi niña” cuando vas a comprar el pan y aire pueblerino.

A los 15 años, cuando yo tenía 8, mi hermano se fue a Estados Unidos. Pasé de verle todos los días a una o dos veces al año. A los 18, se fue mi hermana. Para entonces yo tenía 13 y mis padres me regalaron a Broni, Browni o Bronita. Mi gata. La llamaba de muchas formas y ella respondía a todas. 6 años después, a mis 18, me fui yo.  A mis 23, viviendo en Madrid después de 3 años en Inglaterra, murió mi madre de cáncer. Habían pasado, apenas, dos meses desde que le detectaran el tumor.

Los cambios son difíciles porque implican pérdida…

Pérdida de lo que conocemos ya sea una persona, una casa, un trabajo, un hábito… No importa si la pérdida es grande o pequeña, sigue siendo una pérdida. Y toda pérdida conlleva un duelo.

Los duelos son como cuellos de botella que hay que atravesar. Si no lo hacemos, nos quedamos encajados en ellos, culpando a las circunstancias o al otro por todo lo que pueda pasarnos, en un estado permanente de INMADUREZ. Aceptar y procesar, de forma consciente, lo que hemos perdido (y perdonar) es necesario para cerrar cada etapa y pasar a la siguiente sin que nos persiga el fantasma de lo vivido, para liberarnos de culpas y reproches hacia otros y hacia nosotros mismos. Es hacernos responsables de nuestra vida, sanando todo aquello que nos dejó marca.

Cuando no procesamos ciertas vivencias, las heridas que estas dejan permanecen latentes, pudiéndose activar con cualquier circunstancia, persona o hasta con una conversación trivial. Y esto pasa, sobre todo, con las experiencias que vivimos en nuestra edad más temprana que es cuando aún no somos capaces de entender todas las variables de una situación.

Es lo que Echkart Tolle llama “BODY PAIN” (el cuerpo dolor):

El body pain es ese dolor no procesado que arrastramos de pasadas experiencias a nuestro momento actual. Es:

  • el que nos posee en una discusión acalorada y nos hace decir o hacer cosas de las que luego nos arrepentimos.
  • el que nos sume en una profunda tristeza cuando, aparentemente, no hay motivo.
  • el que nos hace sufrir más de lo necesario o de forma desproporcionada.

Cuando nos damos cuenta de la existencia de nuestro body pain, dejamos de señalar al otro como responsable de nuestro sufrimiento y comenzamos a mirar hacia dentro. También nos enseña a ser más compasivo porque entendemos que si alguien nos habla o nos trata de la forma que lo hace, es por su propio body pain.

“Algunas personas viven casi toda su vida desde su cuerpo dolor, mientras otras lo experimentan en aquellas situaciones que les recuerdan pérdidas, abandonos o heridas emocionales del pasado, por ejemplo, en relaciones de pareja.”

ECKHART TOLLE, EL PODER DEL AHORA

En uno de nuestros encuentros, B, mi psicóloga, me dio una viñeta de una niña que, con cara triste, se mira un tremendo agujero que tiene en la barriga. Al final del cuento lo tiene lleno de flores…

El dolor del pasado nos puede hacer sentir un vacío interior

que tendemos a buscar llenar con lo externo -y si lo externo nos ofrece un alivio rápido mejor- porque el vacío es DIFÍCIL DE SOSTENER.

Sexo, compras online, comida… Cualquier cosa puede ofrecernos una vía de escape momentánea de lo que estamos sintiendo. Pero es en ese vacío, si logramos mantenernos en él, reconocerlo y sentirlo sin intentar escapar,  donde se encuentra nuestra fuerza interior. Es como en la historia de Perséfone en la mitología griega:

Hija del  dios Zeus y de la maternal diosa Deméter, Perséfone pierde su hogar, el bosque donde creció y su infancia cuando Hades, enamorado de ella, la rapta y la obliga a casarse con él para vivir en el inframundo el cual gobierna, convirtiéndola en la reina del Mundo de los Muertos.

De la alegre ingenuidad, la también llamada Kore pasa, pues, a la más profunda oscuridad de la cual renacerá más fuerte, sabia y segura, convirtiéndose en guía de aquellos quienes, como ella antes, están perdidos en la oscuridad.

Leí su historia en el libro que me recomendó B, “Las diosas de cada mujer”. Escrito por Jean Shinoda Bolen, el libro  repasa los arquetipos de cada mujer a través de la figura de conocidas diosas griegas. También existe la versión dedicada al hombre.

Adentrarnos en la oscuridad es reconocer nuestras heridas. Sólo permitiéndonos sentir lo que nos duele -que no es un ejercicio agradable para nadie-, podemos soltarlo.

Encontramos nuestra fortaleza cuando reconocemos nuestra debilidad,

no cuando la negamos como, en nuestra sociedad, tendemos a hacer. Creemos que si ocultamos nuestra vulnerabilidad, no nos harán más daño. Pero cuando evitamos mostrar lo que nos duele, cuando evitamos sentir lo que sentimos, nos estamos negando a nosotros mismos. Por más insensato o poco justificado que parezca lo que estamos sintiendo, es importante permitirnos sentirlo. Así aprendes mucho sobre ti y sobre tus heridas.

En esa consciencia, se encuentra nuestra fortaleza. Esa es la fuerza que nos hace sentir seguros -independientemente de lo que pase fuera- porque sabemos que, sea cual sea la circunstancia, no nos daremos la espalda.

La vida es incierta. La pandemia solo lo ha hecho más evidente.

Para encontrar la calma,

incluso en los momentos más difíciles, hay que aprender a mirar, aunque sea incómodo, en esa oscuridad.

Simplemente deja ir la ilusión de que podría haber sido diferente

JEFF FOSTER, AUTOR INGLÉS

Y ese es el último paso para sanar una herida una vez que la hemos identificado y hemos aprendido a mirarla sin recurrir a distracciones: DEJAR IR LO QUE PODRÍA HABER SIDO. Pensar en cómo hubiera sido todo si… es resistirnos a lo que es, a cómo nos sentimos. Y en esa resistencia solo hay sufrimiento y la necesidad de encontrar culpables. Pero la culpa sólo nos ata al dolor.

Yo tengo una herida.

Dentro mío hay una niña asustada que busca que la quieran. Quizá tenga entre seis y ocho años. Ella habla a través de mi herida. Tiene miedo de que no la quieran o de que se vayan, de no ser suficiente para que aquellas personas que quiere se queden…

La empecé a escuchar nítidamente trabajando con B.  Aprendí a distinguir su voz en mi cabeza. Gracias a eso, ya no reacciono desde ese dolor y desesperación que, por momentos, ella siente. Tiene miedo  de que lo que le pasó, le vuelva a pasar y ahora lo entiendo. Ya no me identifico con su dolor, aunque a veces me vea arrastrada por él.

La escucho y la intento acompañar cuando la noto alterada. Le hablo como si no fuera yo, desde la compasión. Razono con ella. Le explico las cosas como a la niña que es. Le hago ver que  no está sola porque me tiene a mí, que puede confiar en que estará bien porque yo estoy con ella. Ya no necesita buscar ese amor que antes buscaba con desesperanza fuera. Ahora se lo doy yo.

Quizá sea eso lo que llaman AMOR PROPIO ❤️.

Todos tenemos una niña o un niño dentro que tenemos que cuidar.

Es fácil verlo en esas personas que refunfuñan por la calle, siempre enfadadas buscando motivos para estarlo, o las que actúan de forma rígida y te recriminan por cualquier detalle.

Si te fijas bien en ambos prototipos de persona, verás a un niño interior pataleando y gritando. ¿Por qué? Porque nadie los escucha. Tienen a su niño interior desatendido. Son personas que desprecian lo que sienten, que no han aprendido a escuchar y a respetar sus necesidades. Seguramente porque su padre, madre o cuidadores tampoco lo hicieron. Por eso,

sé compasivo con los demás. No sabes qué dolor arrastran.

Un abrazo fuerte para todos 🤗🤗 y especialmente apretado a quienes más lo necesitéis.

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¿Qué reflexión te llevas de este post?

Me encanta escucharos y compartir sensaciones y vivencias. Estamos aquí para aprender y  para encontrar nuestra fuerza  🌋  . Puedes dejar tu comentario más abajo ⬇️.

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2 comments
  1. A mi niño interior le enseñaron a cuidar y querer a otr@s. Hasta el punto que decir NO se identificaba con un acto de egoísmo. A mi niño le enseñaron a querer “pese a todo” hasta el punto que me llevó a aguantar relaciones de pareja o de trabajo insanas que me hacían sufrir constantemente.
    Mi conversación con mi niño interior es enseñarle a pedir lo que quiere, sin que eso sea egoísmo, y sin esperar que el resultado de esa petición tenga que ser un “sí”.
    Mi conversación con mi niño interior comienza por amarme a mí mismo y no mostrarme disponible para otros si yo realmente no lo estoy.
    Y mi niño interior también te quiere, quiere a todo el mundo, aunque de algunas personas, desde ese amor propio, tenga que alejarme para que no me dañen.
    Nada de eso es egoísmo.

    1. Qué bonito lo que escribes, Alberto. Una persona que quiero mucho, muy cercana a mí, me decía hace unos meses que dedicarse ella tiempo, no dedicado a su familia, como por ejemplo meterse a clases de pintura, le hacía sentirse culpable, tanto que lo descartaba. Pero, ¿si no nos nutrimos por dentro, cómo vamos a nutrir y dar amor a los demás? Si volcamos todo nuestro interior sobre otros, esperaremos que el otro nos lo llene y cuando no lo hagan nos sentiremos vacíos, pero es que ya estábamos vacíos de antes.

      Un abrazo grande, Alberto .

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