Comienzo este artículo con un breve relato personal con el que creo que os sentiréis identificados porque todos nos sentimos vulnerables, a todos se nos despiertan miedos y viejas heridas cuando pasamos por épocas de cambio y todos tenemos alguna creencia que nos limita y para la que aún no hemos encontrado la forma de soltar.

“La de las piernas blancas”

De pequeña yo aprendí a complacer a los demás, a callar ante presencias más dominantes que la mía, incluso cuando tenía ganas de hablar o necesitaba comunicarme. No sabía conectar con mis emociones, porque, inconscientemente y en algún momento de mi infancia, decidí negarlas y explosionaban, sin control, canalizándose a través del enfado o la ira, al menos, con aquellas personas a las que más quería.

Por aquella época, en Tenerife (yo nací allí) todo el mundo era de piel morena y yo parecía ser la única blanca de todo el norte de la isla: los turistas, más blancos que yo, se resguardaban bajo el continuo sol, fuera verano o invierno, del sur de las de Islas Canarias. Un día, a los 13 años, me aventuré a salir del coche con pantalón corto, con mi madre en el asiento del conductor, y varios chicos del vehículo de atrás me gritaron: “¡Piernas blancas! ¡Vete a la playa!”

No fue la última vez que me lo dijeron, aun habiendo retomado, a partir de entonces, mi plan inicial: ocultarme de rodillas para abajo. La tez blanca no era una característica considerada atractiva y eso, sumado a mis extra kilos, quizá fuera lo que llevaron a mi primer novio a decirme que se alegraba de que “no estuviera buena” porque así me tenía para él: palabras desafortunadas para una chica de 18 años, aún muy lejos de darse cuenta de su propia valía.

Creencias que nos limitan

Y es que creces y vas arrastrando todos esos complejos y creencias, por más que pienses que todo lo vivido queda atrás. Y da igual la grasa que te hayas quitado y no importan las experiencias buenas que hayas vivido. Nuestra autoimagen, es decir, quien creemos ser se construye a partir de todo eso que, alguna vez, nos dijeron, todo eso que vivimos o, más bien, las historias que nos contamos sobre lo que vivimos: es la interpretación que hacemos de lo que nos pasa la que forma el cómo nos vemos. El problema es que, cuando aún somos jóvenes, no tenemos la suficiente madurez emocional como para interpretar, de forma consciente y equilibrada, esas experiencias.

La interpretación que hacemos de los hechos es simplista del tipo:

“Mamá se enfada. No me quiere”/ “Papá me grita cuando cometo un error. No hago nada bien. Soy tonto”/ “Mi hermano se ríe de mí cuando lloro. No es bueno llorar”/ “El/La popular de la clase no me mira. Soy aburrida”.

Todas las conclusiones que sacamos en esos años tienen un objetivo en común: PROTEGERNOS. Durante esta etapa de crecimiento nuestros comportamientos se moldean para protegernos de aquello que nos hace daño. Creamos actitudes y formas de ser que se adapten lo mejor posible al entorno en el que crecemos para no sentirnos rechazados, para que nos acepten.

El mundo en el que vivimos de adultos y, por tanto, cómo reaccionamos ante lo que nos ocurre en la vida adulta, son el resultado, pues, de cómo interpretamos lo vivido en aquellos complejos años que van desde la infancia hacia la adolescencia. Y es esta interpretación la que forma nuestras creencias limitantes, esas que nos acompañan a la vida adulta y nos hacen sentirnos de menos cuando lo que anhelamos es ser más, conseguir más, realizarnos más.

Esas creencias limitantes, si no las hacemos conscientes, se convierten en las estructuras mentales que forjan nuestro “destino”. Como dijo una vez el fundador de la escuela de la psicología analítica:

“Hasta que el inconsciente no se haga consciente, el subconsciente dirigirá tu vida, y tú le llamarás destino.” Carl Gustav Jung

Algunos ejemplos de creencias limitantes son:

  • Si alguien se enfada es que debo de haber hecho algo mal
  • Siempre que intento algo, fracaso
  • Es mi responsabilidad que los demás se sientan bien
  • Tengo mala suerte en el amor
  • Me falta talento para conseguirlo

¿Te ves reflejado en alguna de ellas?

Lamentablemente, ver el mundo a través de estas creencias limita nuestro potencial y tener nuestro potencial limitado nos puede llevar a sentir frustración, tristeza, enfado. Un ejemplo: si yo me creo torpe y me avergüenzo de serlo, ¿acaso voy a exponerme a situaciones en las que se pueda ver mi torpeza? No. Pero es paradójico porque si no te expones a ese tipo de situaciones, ¿cómo vas a mejorar tu destreza? Por cierto: recordemos que ver el fallo como una reafirmación de que no valemos en vez de verlo como una oportunidad de crecimiento, como explicaba en un artículo anterior, es de mentalidad fija.

Aquí hay que entender que las creencias que de adultos nos limitan, en el pasado nos sirvieron como modo de protección -quizá ocultar tu torpeza evitó que te hicieran bullying en el colegio. Pero son como muletas que, con el paso del tiempo, ya no necesitamos, pero en las que nos seguimos apoyando por inercia estancando nuestro crecimiento.

Heridas emocionales o traumas

Todos, por más idílica que haya sido nuestra infancia, tenemos heridas emocionales abiertas, traumas. Son heridas que se forman, mayoritariamente, en edad temprana porque son edades en las que no disponemos de las herramientas necesarias para procesar lo que vivimos.

Un trauma puede ser desde algo, aparentemente, pequeño como un insulto hasta algo de mayor calado como la muerte repentina de un ser querido, o hasta actitudes recurrentes en el hogar como la falta de respuesta emocional de uno de nuestros cuidadoros o un entorno impredecible (de altos y bajos emocionales sin patrón aparente). Cualquier experiencia, por más insignificante que nos parezca, puede marcarnos y guardarse en nuestro inconsciente convirtiéndose en un trauma.

En mi caso, fueron las experiencias o, más bien (como explicaba antes), mi interpretación sobre esas experiencias, lo que me llevó a sentirme pasados los 20 años más cómoda escuchando que hablando, ocultándome que destacando, aunque por dentro quería que me confirmaran que era especial, importante, querida, válida, inteligente. Fue un anhelo que me duró hasta pasados los 30.

Luego creces y comienzas a ver más allá de tus frustraciones, de la culpa que te echas y echas a los demás, más allá de tu dolor no resuelto y de tu ombligo y, lamentablemente, te das cuenta de que no eres la única: hay demasiadas personas que se tratan mal, que no ven su valor, que tienen una gran falta de autoestima y caen en comportamientos y relaciones tóxicas.

Fue en ese momento, en el momento que comencé a ser consciente de mis heridas y vi que mi alrededor sufría igual que yo, cuando decidí crear TemiendoLoMejor. TemiendoLoMejor no sería posible si no hubiera aprendido a mirar de frente mis “sombras”.

Madurar para superar: crecimiento personal

Crecer es el proceso más duro y el más enriquecedor por el que he atravesado porque te va despojando de todo lo malo que te has quedado dentro, de todas esas voces críticas y dañinas que escuchabas de pequeño y has interiorizado en tu fase adulta, creyéndote cada palabra de lo que te dicen. Ahora muestro con menos vergüenza esas partes del cuerpo que antes no me gustaban, aunque he de admitir que aún se me despierta ese runrún interior llamado miedo cuando gano algún kilo de más: me da miedo que vuelvan esas viejas inseguridades que creía resueltas.

Y es que el crecimiento personal no se hace una vez y ya está. Es una elección de vida, donde eliges vivir de forma consciente para dejar de castigarte. Como decía el filósofo clásico griego:

“Si no te conoces, vivirás peor.” Sócrates

A mí la edad me ha dado arrugas, sí, y más que me llegarán pasados los 40 (que tengo cerca), pero la edad o, en otros casos, las experiencias duras, son las que te dan la oportunidad de abrir los ojos para comenzar a verte como la bonita persona que eres y no como un saco roto en el que volcar todas las malas palabras que te dices, todas las comparaciones negativas e injustas que te haces; porque cuando dejas de mirar hacia todo lo que te ha ido mal, cuando dejas de sentirte tu propia víctima, te permites explorar más allá de lo que te tienes permitido y comienzas a VIVIR.

Vivir es permitirte sentir las emociones que llevas dentro, esas contra las que te resistes, para procesar todo lo no procesado. Vivir es dejar de etiquetar ciertas emociones como “malas”, como algo a evitar. Yo soy la primera que se resiste cuando se siente triste o enfadada, sobre todo, si miro afuera y el día está precioso o cuando las cosas me van bien y no encuentro una razón de ser a lo que siento. Pero es que, por más que juzguemos como insensato o injusto lo que sentimos, cada emoción está ahí para decirnos algo. Parece que fuéramos intolerantes a las emociones. A veces hasta nos cuesta sentir emociones como la alegría. ¿No te has sentido alguna vez muy feliz y has pensado “será esto real”?

Sentarnos con nuestras emociones, sin luchar contra cada cosa que sentimos, es la forma de salir de esas reacciones automáticas que nos generan sufrimiento y que acaban expresándose en forma de veneno hacia nosotros mismos o hacia los demás.

Por eso, sí, crecer es incómodo. Te lleva a las zonas más oscuras de ti mismo, de tus experiencias, de lo que no te gusta de ti, de tus decisiones, de tu pasado, de experiencias que te marcaron, te despierta un sentimiento de culpa que no sabías ni que existía, te muestra más miedos de los que creíais que tenías… Pero también te permite, desde esa consciencia, perdonarte para quererte mejor. Te permite ver tu lado vulnerable y aceptarlo, entender que son esas “inadecuaciones” tuyas las que te hacen único. Aprender a quererte incondicionalmente es lo que te hace libre porque si tú te quieres, pocas cosas te podrán hacer daño de verdad.

Yo aún batallo conmigo misma, más veces de las que quisiera, y aún hay días que me trato mal y sin cariño justo cuando más me necesito. Pero ahora soy consciente cuando lo hago. Y eso me da la oportunidad, que en mis años más jóvenes no tenía, de rectificar cuando vuelvo a dinámicas dañinas. Y ese crecimiento no lo cambio ni por la cara más tersa y joven del mundo.

Espero que esta reflexión os ayude 💌.

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