¿Se puede respetar el cuerpo y su armonía, conectar con nuestras emociones y nuestros procesos naturales y, al mismo tiempo, seguir el ritmo de la sociedad actual?

Esa pregunta me comencé a hacer hace unos años cuando me inicié en el Yoga, en concreto,  en Ashtanga Yoga que, según un cuestionario que hice online (de fiabilidad dudosa, aunque a mí me convenció), es el estilo de Yoga que mejor le viene a mentes activas como la mía.

Tras largos meses practicando esta disciplina, noté como si mi cuerpo se ralentizara, como si me moviera más lento. En el metro quería caminar más deprisa, pero sentía que una fuerza, hasta ese momento  desconocida, me tiraba hacia atrás. O, en el trabajo, intentaba abarcar más de lo que podía, pero  algo dentro me frenaba, devolviéndome a un ritmo más saludable.

Es como si el Yoga hubiera despertado la conexión perdida entre mi cuerpo y mi mente.

Ahí te das cuenta de cuántas cosas vivimos con la mente, incluso aquellas que están para vivirse con el cuerpo. El sexo es un claro ejemplo. Yo, alguna vez (cada vez menos, por suerte), me pillo traduciendo al lenguaje mental lo que es un acto físico, sensorial, es decir, “pienso” el acto, en vez de “sentirlo”. Esto, obviamente, te separa del momento presente y no te permite disfrutar o conectar con el otro.

Nos han enseñado a sentir la realidad a través del intelecto. Pero el cuerpo es más sabio y tiene respuestas más verdaderas que la mente. La mente está llena de contradicciones. El cuerpo, no. Hay psicólogos y otros expertos en la materia que, con solo ver cómo reaccionas físicamente ante una pregunta (ligero encogimiento de hombros, pupilas dilatadas, etc.), ya saben la respuesta, sin necesidad de escuchar lo que sale de tu boca.   Además, lo que sale de tu boca, al ser filtrado por la mente, podría ser “falso”.

Como dice el libro “Thinking fast and slow” (Pensar rápido, Pensar despacio) que, para mí, fue mi máxima revelación sobre cómo funciona la mente:

“Una forma fiable de hacer que la gente se crea mentiras es repetirlas con frecuencia porque a la mente le cuesta distinguir entre familiaridad y verdad.”

DANIEL KANEHMAN, “PENSAR RÁPIDO, PENSAR DESPACIO”

“Thinking fast and slow” reúne los resultados de décadas de investigación del Premio Nobel de Economía y padre de la psicología conductista, Daniel Kahneman, sobre cómo tomamos decisiones.  

La capacidad de la mente de repetirnos, una y otra vez, la misma historia es ilimitada. A través de esa repetición se crean muchas de nuestras creencias, las que luego dictarán nuestras acciones y comportamientos, nuestros automatismos. Pero el cuerpo puede sacarnos de ese bucle.

El cuerpo es ese canal a través del cual se sienten y acumulan nuestras tensiones y emociones, por tanto, si aprendemos a escucharlo nos puede dar información de mucho valor sobre cómo nos sentimos y qué hacer para sentirnos mejor. No hay mejor indicador que ese. Piensa que algo tan simple como tu respiración puede llevarte en dos direcciones totalmente opuestas: a la CALMA o a la ANSIEDAD.

Y tú, ¿cómo sientes físicamente las emociones?

Puede sonar extraño, pero yo antes del trabajo con la psicóloga no sabía reconocer mis emociones porque no las sentía a través del cuerpo. Las sentía a través de la razón.

Mi psicóloga me preguntaba “¿cómo estás?” Y yo le decía “algo triste”. “Y, ¿qué sientes?” Y yo le razonaba mis sensaciones. Y me volvía a preguntar, “pero físicamente, ¿qué sientes cuando estás triste?” “No lo sé”, le decía. Tenía la mente desconectada del cuerpo.

Y así, a través de mi trabajo con ella, fuimos construyendo un mapa corporal de mis emociones y las emociones dejaron de ser un manojo de pelos, como esos con los que se atragantan los gatos, para ser algo comprensible y comunicable. Y descubrí que, cuando estoy triste, siento  el cuerpo pesado y un nudo en la garganta, y que, cuando tengo miedo, se me acelera el corazón y se me aprieta la barriga. Así dejé de confundir el enfado con la tristeza y a decir, con menos frecuencia, “no sé qué me pasa”.

Por si no lo sabes, estas son las seis emociones básicas:

  1. Miedo
  2. Vergüenza
  3. Asco
  4. Ira
  5. Alegría
  6. Sorpresa

Si a ti también te pasa,  te animo a apuntar en papel tus sensaciones físicas cada vez que sientas algo y no sepas definirlo. Así irás poniéndole “cara” a cada emoción.

Y, recuerda: mi camino no tiene por qué ser el tuyo.

Lo más importante, al final, no es seguir al yogui de tu turno que te dice “necesitas hacer Yoga” o a tu recientemente “iluminada” amiga que te intenta convencer en la práctica de la meditación budista. Creo que aquí lo más importante es que tú aprendas a sintonizar con tus propias emociones y necesidades, que aprendas a escuchar a tu cuerpo y reconozcas qué te ayuda a sentirte en calma, a parar al remolino de tu mente, tus preocupaciones, tus miedos…

En una  poesía que escribí  en septiembre de 2019, escribía el siguiente verso:

“A veces toca pasarlo mal.
Caer en la telaraña de lo incierto es inevitable.
Pero sentiré la carne para besarme las heridas.
Ese trabajo ya no se lo dejo a nadie.”

A veces buscamos que otros nos salven, que nos hagan sentir mejor, pero creo que la madurez va justamente de eso, de aprender a ver y a sanar nuestras propias heridas porque solo nosotros sabemos cómo.

Como siempre, gracias por leerme. Espero haberte ayudado a reflexionar ☺️.

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Y tú, ¿reconoces las sensaciones físicas que te produce cada emoción?

Ya sabes, los comentarios de abajo son todo tuyos para que compartas lo que quieras ⬇️. Yo siempre te responderé 💛.

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1 comment
  1. Tras leer el post no he sido capaz de recordar ninguna sensacion física que me produzcan esas emociones (si imaginarlas, pero no estoy seguro de que las tenga realmente en esos momentos). Haré ese ejercicio que comentas de escribir las sensaciones en un papel 🙂
    Por cierto, recientemente me hice con el libro the Thinking Fast and Slow, no puedo esperar a leerlo!

    Un abrazo!

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